¡Hola! Soy Celina, tengo ansiedad y quiero contároslo. En este post quiero contaros dos episodios importantes en mi vida que representan en gran medida mi historia con la ansiedad. Estoy segura de que más de un@ se sentirá identificad@ con estas vivencias, así que ¡allá vamos!

¿Alguna vez te has sentido agotad@ día tras día “sin saber por qué”?

Yo sí. Mi madre me dice que nací cansada. No os digo más.

Pero – más allá de mi gran vicio por las siestas –  llegó un momento en mi vida en el que me di cuenta de que algo no iba bien. Bueno, en realidad no me daba cuenta de lo mal que lo estaba haciendo, y mi cuerpo me paró en seco.

Un día, hace cuatro años, tras más de dos semanas con una bola de fuego en el estómago que no me dejaba casi comer ni dormir, tras meses arrastrando ese cansancio extremo, me «rompí». Tras un largo día de trabajo con un problemón que me sacó de la cama de un salto a las 6 de la mañana, llegué a mi coche y no tenía ni fuerzas para arrancarlo y conducir hasta mi casa. Fue mi peor momento, nunca antes había sentido tal falta de salud.

Qué drama… YO, que pensaba que era irrompible, no me reconocía a mí misma. No tenía fuerza para agacharme a atarme los zapatos. Pero aun así me forzaba a ir a trabajar y seguir con mi día a día (arrastras).

Tras aquel día en el coche empezó una época difícil pues descubrí que mi estrés, ansiedad, adicción al trabajo… Me habían causado un estado de fatiga crónica del que se tarda años en salir. Yo misma me lo había causado.

Y yo que me sentía cansada “sin saber por qué”. Anda que no había razones… pero no podía verlo.

Me costó identificar bien todos los aspectos involucrados en mi historia con la ansiedad. Por suerte acudí a grandes profesionales, psicólogas, con las que fui avanzando poco a poco. Gracias a ellas fui identificando todos los aspectos dentro de la espiral de ansiedad y trabajando sobre ellos.

Y me preguntaréis, ¿entonces superaste esa crisis y ya estás mejor? Pues sí, y no…
Cometí otro gran error, dar por hecho que ya estaba bien y que mi mejoría era estable. Así que poco a poco, sin querer y sin darme cuenta, volví a las andadas. A repetir mis patrones de exceso de horas de trabajo, mala alimentación, despriorización de mi vida personal… Así que me volví a romper.
Lo que me pasó en esta ocasión, fue diferente. Sentía cansancio y todas las demás señales de alerta que mi cuerpo me lanzaba, e intentaba cuidarme, pero no era suficiente. Mi cuerpo se cansó de enviarme indirectas y, en una época con  bastante incertidumbre en el trabajo, empezaron a darme crisis de ansiedad todas las mañanas, antes de ir a trabajar. Durante varios días iba a la oficina – tarde, claro – pero iba. Hasta que empezaron a darme también las crisis de ansiedad allí.

¿Cómo acabó la historia? O mejor dicho… cómo empieza.

Mi doctora al ver mi estado me dio una baja porque los parches que estaba poniendo no servían de nada… Al poco tiempo salí definitivamente de la empresa, y comenzó, justo esa misma semana, el confinamiento por la pandemia de Covid19. Ese triple parón obligado – baja, desempleo y confinamiento – me dio el tiempo y espacio que necesitaba darme, sin sentir culpabilidad. Gracias a esto, pude llegar a la conclusión de que debía cambiar mi vida a todos los niveles. Así que empiezo a cuidarme de verdad por primera vez, a los 32 años.

Y justo en ese momento en que estaba centrada en mí y en mi bienestar, apareció Ansiebye. Una oportunidad perfecta para ayudar a personas que estaban pasando por lo mismo que yo.

Gracias a Ansiebye decidí emprender ayudando a los demás, buscando la normalización de la ansiedad y los problemas de salud mental. Solo podía hacerlo de un modo: contando mi historia y hablando abiertamente de mis dificultades, en definitiva, empezando por mí.

 

Normalicemos los problemas de salud mental. Normalicemos la depresión. Normalicemos la ansiedad. Normalicemos las fobias. Normalicemos los TOC. Y un muy largo etcétera. Normalicemos acudir al psicólogo y al psiquiatra. Apostemos por ello en la salud pública. Promocionemos el bienestar psicoemocional en las empresas. Aprendamos y enseñemos inteligencia emocional a nuestros hijos… Aprendamos a relacionarnos con personas que lo están pasando mal.

La salud mental es esencial para la vida y no invertimos lo suficiente en ella. Ni como individuos ni como sociedad. Sin salud mental, no hay salud. Es tanto lo que he conseguido con la terapia, que no puedo dejar de recomendarla.

Acudir a terapia es una enorme señal de fortaleza. Reconocer que no estamos bien es un acto de valentía. Cuidarse, darse tiempo, descansar no debería hacer que nos sintamos culpables, debería ser nuestra prioridad.

De verdad, olvidémonos del «manicomio» de las películas, del “no estoy tan mal”, del “yo no estoy loca para buscar ayuda”, “es que me cuesta contar mis cosas”, de “seguro que estás decaída porque te faltan vitaminas”, etc. ¿Verdad que por algo físico no dudamos ni un momento en ir al médico, fisioterapeuta, dentista, etc.? Pues acudir a un psicólogo o psiquiatra, es totalmente comparable.

Te preguntarás si mi historia con la ansiedad quedó atrás, si ya estoy recuperada, etc. Imaginarás que ya no forma parte de mi vida… Pues siento decirte que no. La ansiedad sigue conmigo, es parte de mí. Todo este tiempo he ido aprendiendo las diferentes herramientas que tengo que utilizar para mantenerla contenida y evitar así que vuelva a tomar el protagonismo de mi vida. 

Espero que mi historia os sea de ayuda, y que sirva para concienciar de algo que no me canso de repetir: sin salud mental, no hay salud. 
Celina.

¿Quieres contarme tu historia? Envíame un mail a hola@ansiebye.com.